Retreta
Mundo sensible
Aquella tarde de invierno abandoné por un rato las
pequeñas ceremonias que me gustaba hacer, como por ejemplo: esperar al
repartidor que traía el diario vespertino a casa y luego de relojear la parte
de los chistes; llevárselo a mi padre o ir a buscar leña al galpón para
alimentar a la salamandra. Esa tarde-noche fue distinta, con la banda municipal
de música que integraba, tocamos la retreta del desierto en la plaza principal.
La banda se
dividió en cuatro bandines y en cada uno, había trompetas y percusión. Los
cuatro grupos se ubicaron en cada esquina, la luz se cortó en varias cuadras
alrededor, sólo se veía a través de la llama titilante y misteriosa de las
antorchas que llevaba la gente que se ubicó detrás de los músicos.
Era otro mi pueblo, sentí inquietud pero no miedo. Los
rostros se veían intrigados y de un solo lado como la luna. Los límites conocidos se esfumaron por la
bruma de calor del fuego que se elevaba, apenas se podía identificar la cúpula
de la parroquia Inmaculada Concepción. Los árboles parecían fantasmas que
agitaba el viento y todo estaba quieto, no circulaban autos por la calle. Sólo se escuchó la
estridencia de los metales y el sonido de los parches que pegaba en el medio
del pecho.
Uno de los grupos comenzó a tocar una melodía constituida
por arpegios ascendentes y con un carácter altivo que infundió bríos a los
presentes. A esa melodía le contestó en forma de respuesta otro grupo desde el
extremo de la plaza y así alternadamente, fueron sonando los cuatro vértices sonoros.
Caminamos hacia el centro y nos reunimos tocando la misma
melodía todos juntos. El momento del encuentro fue de júbilo. Los aplausos se
generalizaron y marcó que ese momento de agradable extrañeza se terminó y el
pueblo volvió a su rutina habitual.
No sabía nada por entonces de Platón, ahora que escribo
este relato, no puedo menos que relacionar aquellos rostros iluminados por la
llama de las antorchas y la imagen proyectada en la pared de la caverna que
describe la alegoría.
Mundo inteligible.
Una mañana llegué al trabajo en la banda de aspirantes en
Campo de Mayo y los alumnos estaban practicando la retreta del desierto. Profe,
nos pidieron los superiores que estudiemos esto. Sí, conozco esa música les
respondí; la toqué con la banda municipal de mi pueblo hace mucho años. Nos
explicaron que el gobierno anterior había prohibido la retreta y ahora la
tenemos que tocar – Me contaron los chicos.
La melodía la compiló un músico militar y da cuenta de
una historia en el marco de la conquista del desierto en 1879. Un batallón se
había perdido por las malas condiciones climáticas y al caer la noche, un
trompeta comenzó a tocar desde el campamento central, otro le respondió desde
otro lugar y así se pudieron encontrar para pasar la noche y no estar a merced de un ataque de los malones. La música
fue incorporada al repertorio de la música del ejército.
La acción transcurrió en Choele Choel según la historia
oficial, aunque algunos sostienen que fue en la zona de Mercedes Provincia de
Buenos Aires.
En el mundo inteligible, comprendí que aquello que me
había gustado, no era más que una ceremonia que rememoraba la campaña del
desierto, una conquista llevada a sangre y fuego, aun cuando muchos caciques,
luego de sentirse doblegados por las fuerzas militares, habían mandado misivas
a las autoridades para negociar un acuerdo y una paz duradera con la pretensión
de compartir los territorios y formar un estado plurinacional.
Los aspirantes que estaban estudiando esa música aquella
mañana; eran en su mayoría descendientes de los pueblos originarios: aymaras,
guaraníes, mapuches, mocoví, pilagá, tehuelches, selk nam, entre otras etnias. Tocaban la música del conquistador
como ofreciendo una nueva entrega; la otra mejilla del cristianismo.
También entendí, que para muchos jóvenes, el ejército
ofrece una salida laboral que de otra manera sería difícil o imposible en sus
respectivas provincias.
La necesidad es subsidiaria de la paradoja.
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