Corrientes esquina Barboza.
Corrientes esquina Barboza
En
tiempos en que no existía el autotune y el gremio defendía a los afiliados,
tomé un trabajo de medio día en el sindicato de músicos.
Mi profesor de trompeta, Rubén Barbieri, era el
secretario general del sindicato y me ofreció cobrar las cuotas de afiliación.
Tenía que ir a los domicilios de los músicos. Esto
me interesó porque conocería a muchos colegas.
La
zona de la Capital la dividieron en dos partes:
una la tomó el “flaco” Rubén, un buscavida en todo el sentido del término, y la otra quedó para mí. Me entregaron un listado y
comencé a patear mi zona de influencia. Entre los nombres que figuraban en la
lista se encontraba el de Raúl Barboza. “Voy a conocer a Barboza”, me decía a mí mismo mientras caminaba –con
la fuerza de un chamamé - las veredas
atiborradas del microcentro.
La
zona que abarca Corrientes desde el Obelisco hasta el Bajo se me ocurre
optimista durante las horas del día. ¿Será por el empuje de la gente de negocios que pulula en el microcentro?
En cambio, a la noche, ese optimismo se convierte en misterio: show y misterio,
por los teatros y míticas
pizzerías que completan un programa redondo de salida nocturna.
Mi
optimismo diurno consistía por entonces en cobrar la cuota y conocerlo
personalmente a Raúl Barboza. Luego de muchos intentos sin
resultado positivo, luego
de llamar al portero
eléctrico revisando minuciosamente los datos consignados en el papel, un día se
me ocurrió preguntar en el quiosco de revistas que se encontraba justo debajo
de la casa del acordeonista.
“No, el señor Barboza está en París y no sé cuándo vuelve. A mí me suspendió el diario hasta nuevo aviso”. Me fui
caminando a la hora en que la luz empieza a difuminarse y determina una lenta
transición entre el optimismo y el misterio.
Al
otro día, rendiríamos en la tesorería del sindicato las cuotas cobradas, el “flaco”
estaba interesado en que este nuevo trabajo le rindiera la “diaria” y
veladamente demostraba que competía para ver quién era más eficiente, yo en
cambio, además de generar una entrada que me permitiera pagar la pensión; tenía
una deuda de gratitud con el “profe” Barbieri quien me había dotado de un
machete para hacerme camino en la selva de la música y de la vida.
Mañana
será otro día – pensé, mientras las primeras luces de neón se encendían dando rienda suelta a los duendes
de la noche.
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