jueves, 29 de junio de 2023

Corrientes, esquina Barboza.

 Corrientes esquina Barboza.



Corrientes esquina Barboza

 

En tiempos en que no existía el autotune y el gremio defendía a los afiliados, tomé un trabajo de medio día en el sindicato de músicos. Mi profesor de trompeta, Rubén Barbieri, era el secretario general del sindicato y me ofreció cobrar las cuotas de afiliación. Tenía que ir a los domicilios de los músicos. Esto me interesó porque conocería a muchos colegas.

La zona de la Capital la dividieron en dos partes: una la tomó el “flaco” Rubén, un buscavida en todo el sentido del término, y la otra quedó para mí. Me entregaron un listado y comencé a patear mi zona de influencia. Entre los nombres que figuraban en la lista se encontraba el de Raúl Barboza. “Voy a conocer a Barboza”, me decía a mí mismo mientras caminaba con la fuerza de un chamamé - las veredas atiborradas del microcentro.

La zona que abarca Corrientes desde el Obelisco hasta el Bajo se me ocurre optimista durante las horas del día. ¿Será por el empuje de la gente de negocios que pulula en el microcentro? En cambio, a la noche, ese optimismo se convierte en misterio: show y misterio, por los teatros y míticas pizzerías que completan un programa redondo de salida nocturna.

Mi optimismo diurno consistía por entonces en cobrar la cuota y conocerlo personalmente a Raúl Barboza. Luego de muchos intentos sin resultado positivo, luego de llamar al portero eléctrico revisando minuciosamente los datos consignados en el papel, un día se me ocurrió preguntar en el quiosco de revistas que se encontraba justo debajo de la casa del acordeonista.

No, el señor Barboza está en París y no sé cuándo vuelve. A mí me suspendió el diario hasta nuevo aviso”. Me fui caminando a la hora en que la luz empieza a difuminarse y determina una lenta transición entre el optimismo y el misterio.

Al otro día, rendiríamos en la tesorería del sindicato las cuotas cobradas, el “flaco” estaba interesado en que este nuevo trabajo le rindiera la “diaria” y veladamente demostraba que competía para ver quién era más eficiente, yo en cambio, además de generar una entrada que me permitiera pagar la pensión; tenía una deuda de gratitud con el “profe” Barbieri quien me había dotado de un machete para hacerme camino en la selva de la música y de la vida.

Mañana será otro día – pensé, mientras las primeras luces de neón  se encendían dando rienda suelta a los duendes de la noche.


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