domingo, 11 de diciembre de 2016

La mujer que va a explotar.
Ed Pareta 11/12/2016
Nota: basado en un hecho real, los nombres fueron cambiados.

La mujer que va a explotar.

 

Como en el cuento de Monterroso, cuando subí al micro, la mujer ya estaba ahí. Nadie la vio excepto Miguel, que ahora oficia de chofer como otras veces lo hace de guardaespaldas, manager, etc.

Esa mañana nos íbamos de gira para el norte de Entre Ríos. Me pasaron a buscar por Av. Del Tejar y General Paz. Los compañeros me saludaron pero noté una actitud rara, como si hubiera pasado algo y no fuera el momento oportuno para que me lo contaran. Cuando por fin me senté en mi asiento habitual, Cirilo (el trombonista), entre mate y mate, me dijo lo de la mujer.

El micro está preparado con una fila de asientos y un reservado donde hay camas pero al que solamente tiene acceso “el jefe”. El asiento que compartimos con Cirilo está justo adelante del biombo que separa ambos ambientes. Los viajes se acomodan conforme pasan los kilómetros, la expectativa y excitación inicial deja paso luego a un estado más contemplativo dado por el sonido monótono del caucho al rodar por el pavimento, algunos caen en un sueño liviano hasta que, kilómetros más adelante, se renueva el ánimo y se arma una mesa de truco o una nueva ronda de mate y así se va pasando.

 Esa noche íbamos a tocar en Concordia con Ángelo que es un exponente de “el circuito de la bailanta” y es conocido aún hoy por su éxito “Mira cómo se menea” que suena en los boliches bailables e incluso en los lugares más recoletos.

A Ángelo le gustaba manejar el micro  y escuchar acordeonistas de todas partes del mundo, y ese era mi punto de contacto con él: me iba adelante cuando todo estaba en calma y le preguntaba por el origen de los músicos que escuchaba. Le gustaba  comer bien y cuando parábamos en la ruta era generoso con los viáticos, eso es lo que tenía de bueno, pero había que tenerlo cortito con la plata: decíamos (por lo bajo) que para sacarle un billete había que operarlo.

 En cercanías de Ceibas, los músicos empezaron a remolinear cerca del chofer porque “había que renovarle el agua a la aceituna” y además porque empezó a “picar el bagre”. Ante la presión y para descomprimir a las masas, Miguel preguntó:

- ¿Quieren parar en esa parrilla?

- Siiii fue la respuesta en coro de músicos y “plomos”.

 Bajamos y luego de volver del baño vimos bajar a Ángelo, pero de la mujer ni noticias. “El Jefe” como lo llamábamos, es alto y caucasoide tiene el pelo negro y ensortijado, y un bigote a lo “Clark Gable”, y es flaco a pesar de que come como lima nueva.

Nos sentamos en una larga mesa afuera del local

-         ¿todos comen asado? – pregunto Miguel sabiendo que en el staff no hay veganos

-        Siiii – respondimos enfáticamente.

Una vez ordenado el menú empezamos a mirarnos entre todos y preguntarnos por la mujer ¿no baja a mear? El micro carece de baño…¿No se lava las manos? ¿No come?  Por fin llegaron los reparadores chorizos y masticamos al unísono. Nadie habló, salvo Pedro, o “fotógrafo de avión” (porque toma de arriba), que inesperadamente soltó:

“Va a explotar”

 Nos quedamos paralizados y automáticamente miramos al “Jefe” para ver si se daba cuenta de que Pedro se refería a la mujer, pero aparentemente no: siguió masticando su choripán y mirando al horizonte, pensando quizá la letra de un nuevo “hit” cuyo estribillo podría decir:

            “Esta mujer es una bomba

            cuando mueve sus caderas

            mi corazón explota…”

Luego de los chorizos, vinieron el vacío, las mollejas, las costillas y una sobremesa matizada con chistes y cuentos verídicos y no tanto. Después, a la ruta nuevamente: más y más kilómetros, horas tras horas, siesta, mate, truco, cuentos, hasta que ya nada parece divertido y sólo querés llegar a destino. Hicimos la última parada relámpago para ir al baño, ya habíamos pasamos hace rato Colón y sus palmares. Hablábamos en voz baja entre nosotros sobre cuanto podíamos estar sin mear, y alguien que nunca falta contó una anécdota personal:

 “Una vez mi tío estuvo todo un día sin ir al baño”, eso se llama estranimiento, una vez me pasó dijo como llevando un poco de rigor científico a la charla, pero enseguida un tercero lo corrigió:

 – No animal se llama es tre ñi mien to remarcando las sílabas para hacer más notable la corrección. Lo leí una vez en el diario – agregó.  – Bueno, por ahí la mujer sufre de eso – aportó en un tono conciliador el veterano Machado, tecladista de la banda.

El sol se había puesto sobre el horizonte. Los últimos reflejos se filtraban a través de las palmeras. Cielo de verano, ilusión de sábado por la noche, víspera de fiesta, el día esperado por muchos.  Llegamos a Concordia más precisamente al club Entrerriano donde sería el baile. Bajamos para “estirar las patas” y reconocer el lugar, y en eso vimos bajar del micro a Ángelo y a la mujer, que era en principio un ser humano como otros. La seguimos con la mirada, nos levantó la mano a manera de saludo a lo lejos y se dirigió a un costado de la pista de baile. Luego de preguntar a un parroquiano, la seguimos discretamente y vimos dos puertas dispuestas paralelamente a una distancia de dos metros aproximadamente. Todos los movimientos de observación los hacíamos en forma sincronizada cual equipo de natación artística, hasta que por fin pudimos leer arriba de sendas puertas un cartel pintado en rojo carmesí: “Gurisas” y “Gurises”.

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