domingo, 3 de marzo de 2019

Triunfo Agrario



        imagen: Jesus Ruiz Durand.

Triunfo Agrario
Ed Pareta 3/3/2019


Ese día sonó insistentemente una canción en el pueblo. Era un sábado, más precisamente el 25 de agosto de 1973, fui a hacer un mandado al centro que dista a cinco cuadras de mi casa. El tiempo estaba bueno, templado y con un viento típico de agosto.
La sucesión sonora era la siguiente: se escuchaba un tema musical y luego palabras en forma de proclama (que no formaban parte de mi mundo de interés por entonces), hablaban de un congreso o parlamento agrario que se llevaría a cabo en Lincoln ese mismo día. El auto con las bocinas arriba del techo pasaba una y otra vez. Daba vueltas alrededor de la plaza Rivadavia y conforme se alejaba, el sonido se diluía para retomar con fuerza en algunos minutos cuando la propaladora doblaba por Av Massey en dirección al Supermercado Salcines. Me inquietaba la música y en especial su letra “…Este es un triunfo agrario pero sin triunfo nos duele hasta los huesos el latifundio…” la voz de Mercedes Sosa  invadía la calle describiendo geografías de América en el aire. ¿Cómo es esto de un triunfo pero sin triunfo? ¿Qué quiere decir latifundio? Cuando llegue a casa, le preguntaré a mi padre, él anda con todas esas cosas. ¿El campo de los irlandeses es un latifundio? Cuando era chico en El Triunfo escuchaba nombrar el campo de los irlandeses como si fuera un mojón “Del campo de los irlandeses, dos chacras más adelante como quien va al Morito”.
Entonces, el latifundio, se me ocurre,  es algo malo. En la perorata decían “Abajo el latifundio, reforma agraria Ya”.  Luego, la voz de “La Negra” nuevamente ponía la piel de gallina “…Y cuando será el día pregunto cuando que por la tierra estéril vengan sembrando todos los campesinos desalojados…”.
“Triunfo agrario” la canción de César Isella y Armando Tejada Gómez, sonaba una y otra vez mechado con las palabras que infundían bríos, como un inquietante “Loop”. El triunfo es una danza del folclore argentino que surgió en la guerra de la independencia (1809 – 1824) para celebrar la derrota de los españoles en Ayacucho, de ahí su carácter épico y alegre.
Caminé las cinco cuadras hasta mi casa, canturreando la canción que me cruzó por primera vez. Algo tiene que pasar, algo va a cambiar pero no entiendo que es lo que debería cambiar, el triunfo que ahora sonaba más lejano me ayudaba a caminar rítmicamente. Cuando cursé  la primaria en la escuela Nº 2, me acostumbré a contar las cuadras, hacía un promedio de un minuto por cuadra con el hambre del mediodía  como motor y pensando en la rica comida que me esperaba en casa, por ejemplo: La Belgrano está a cinco cuadras, la Ameghino a 4, la Pellegrini a 3, La Gral Paz a 2 y la Balcarce a 1.
Llegué a casa, entregué la bolsa de los mandados y el vuelto. Seguí cantando lo que se me había pegado “…Nos duele hasta los huesos el latifundio…”  
-         ¿Qué estas cantando? – me preguntó mi madre
-         Algo que escuché por ahí
-         Mami: ¿Los huesos duelen?


lunes, 4 de febrero de 2019

Patty & Patty


Patty & Patty
Ed Pareta 2/2/2019
Los ’70 Relatos de la década que no entendí



No sé porque me impacto escuchar sus nombres en la radio o mirar las imágenes en el vespertino La Razón que se recibía todas las tardecitas en casa. ¿Será porque a continuación de sus nombres se encontraba el adjetivo “Terrorista”? no estoy seguro si era en los dos casos o lo imaginé en uno de ellos. Patty Smith y Patty Hearst, esos dos nombres se incorporaron a la lista de enigmas a dilucidar en otro momento, por entonces no pude, sólo me atraían sus respectivas imágenes y me preocupaba el fin último que sus actividades suponía.  Eran, en cierto modo, puntos de fuga o puntos impropios proyectados por paralelas. En el mismo vespertino “Descartes” un día, me quede mirando fijamente por un rato la foto de Patty Hearst con una ametralladora en sus manos vistiendo ropa de fajina combatiente, era un ícono de la contracultura pero yo no lo sabía. La idea del mundo era de una manera en ese tiempo y en esas coordenadas. Ese mundo estaba amenazado por un fantasma que no solo recorría Europa sino todo el mundo: el comunismo, entonces, todo lo que no estaba etiquetado, era plausible de encasillar en la gran amenaza que vino a reemplazar al viejo de la bolsa, jubilado un poco antes de la llegada del nuevo monstruo que se comía los chicos vivos. Esta amenaza, a diferencia del viejo de la bolsa, era universal, temida y transmitida por mucha gente, entre otros, “La flaca”, profesora de geografía de la escuela normal de Lincoln, yo le creía, Todos le creían. En esos días la palabra de una profesora era indiscutible,  no contábamos con elementos para refutar ideas políticas y además, la palabra de un profesor era “palabra santa”. Era una de mis profes preferida, siempre amable, hablaba con un tono bajo invitando a la reflexión, elegante, se paseaba entre los bancos con un tapado largo azul y un perfume sobrio, no hacíamos el consabido “quilombo” que corresponde a un curso secundario.
 El caso es que Patty Hearst, fue secuestrada por el SLA (Symbionese Liberation Army) para pedir dinero por el rescate a su abuelo millonario William Randholph Hearst, aunque en sus declaraciones ante el tribunal que la juzgó en 1976 ella declaro que la sometieron a abusos y maltratos, Patty se plegó al movimiento e hizo algunas acciones para el grupo, por ejemplo, robo de una sucursal del banco Hibernia,  el 5 de abril de 1974, a ese evento se corresponden las fotos que se popularizaron mundialmente, joven, bonita y millonaria, sin embargo, terrorista, seguramente serían los comentarios de la gente al ver las imágenes disruptivas que traspasaban el “sentido común”. Su nombre de combate era “Tania” en homenaje a la compañera de milicias del “Che”. Hubo luego caracterizaciones psicológicas para establecer si se trataba del “síndrome de Estocolmo” o si por el contrario, Patty también tuvo su momento de cambiar el mundo que duro algo más de un año. Fue indultada definitivamente por el presidente Clinton en las últimas semanas de su mandato luego de un indulto parcial con que fue beneficiada por el presidente Carter.
Que suerte que el mundo queda tan lejos decía en alguna de sus tiras Quino a través del personaje Susanita, no había amenazas, todo era armonía en el pueblo, a lo sumo, algún robo de gallinas, alguna pelea un sábado a la noche en los bailes populares producido por miradas inoportunas, infidelidades reveladas o celos de machos alfas que no consiguieron la atención de la mujer que desean, el mundo con sus desastres quedaba lejos, las guerras, las guerrillas, los derrames, las inundaciones, las epidemias, los terremotos eran vistos en el vespertino o escuchados en la radio y comentados con una mezcla de asombro, pena y un dejo de alivio porque  justamente, todo eso pasaba muy lejos de nuestro pueblo y más lejos aún de nuestro barrio.
La otra “Patty”, Patty Smith, miró y mira con sus ojos, uno levemente desviado, otra visión del mundo. Fue activista en contra de la guerra de Vietnam y esto sólo, la ubicaba en el lugar incómodo de pensar distinto a la gran masa pétrea del pensamiento único. Pensamiento que se establece con métodos non sanctos apelando a una supuesta “Razón de estado” o “Seguridad nacional” donde toda acción o estrategia queda homologada y debe ser avalada por toda la población, al menos, esta es la intención de los que detentan poder y no quieren modificar su status. Hace poco, me “interné” con devoción en las páginas de su libro “Éramos unos niños”  para aventar mis propios miedos cristalizados desde entonces, por eso creo que en aquel momento la asocié con la palabra “terrorista”, me faltaban vocablos para definir a personas o situaciones, quizás no lo decía el vespertino, yo mismo le agregue el adjetivo, para “salvarme” para que todo vuelva a estar etiquetado y dormir en paz.
En el libro, “La sacerdotisa del punk” describe gran parte de su vida con su compañero de arte y de la vida, el fotógrafo Robert Mapplethorpe  y en algún lugar de los manifiestos realizados por ambos, dicen: “Nuestra arma es el arte” al leer esto, levanté la vista y respiré hondo, quedaba así, saldado un enigma de la “amada imaginación que nunca perdona”.

sábado, 1 de diciembre de 2018


“El Desrutinizador de pueblos”

Los 70, relatos de la década que no entendí

Ed Pareta 1/12/2018



Existe, entre muchos oficios reconocidos, uno que no lo es tanto: “El desrutinizador de pueblos” así como los juglares en el medioevo, estos personajes, van por distintos lugares trocando una rutina por otra que resulta novedosa para los moradores.
Un día sábado, no recuerdo en que año de la década de los ´70, llegó un desrutinizador a mi pueblo, era un ciclista colombiano que se proponía dar vueltas a la plaza principal durante 24 horas sin parar. Este hecho, cambió el ritmo habitual y concitó el interés general, pero no todos estuvieron contentos con la novedad, siempre en la sociedad hay escépticos y críticos quienes en una mezcla de pronostico y deseo decían a quienes los escuchaban: “Le va a agarrar una embolia” “No va a poder” “Se va a deshidratar” y están aquellos que reciben al visitante con deseos de que cumpla su empresa y desde el primer momento, se ofrecieron a acompañar al protagonista, entonces una vez rodando, le alcanzaron agua en cantidades que no podía tomar y por el contrario le resultaba una molestia. Deseaban suerte al ciclista y los más atrevidos, lo acompañaron con sus propios rodados un par de horas.
La cuestión es que el “alquimista de realidades” cumplió su cometido, los escépticos fueron acomodando su discurso observando que el colombiano tenía temple: “Hay que reconocer que el hombre tiene aguante” o “siempre creí que lo iba a lograr”. Algunos de los pesimistas, lo “espiaron” en la madrugada del domingo para ver si hacía trampa, se ocultaban en el playón de la estación de servicio y miraban en dirección a la plaza, muchos, luego de la consabida salida sabática, pasaron por el lugar como última actividad antes de ir a dormir. Con un ritmo sin prisa pero sin pausa, el hombre pedaleó día y noche con el sonido de la cadena bien aceitada, algún bocinazo destemplado que provenía de los autos que pasaban  y la mirada de los perros de la plaza Rivadavia que conforme pasaron las horas, se fueron acostumbrando a ese movimiento raro. Esa noche, los canes se durmieron contando vueltas de bicicleta reponiendo energía para un domingo a la mañana de banda municipal y una tarde de la clásica y aún vigente “vuelta del perro”.



viernes, 16 de noviembre de 2018

El Negro jefe y Ramón


El Negro Jefe y Ramón.
Los ´70, relatos de la década que no entendí
Ed Pareta 14/11/2018
(Dedicado a mi amigo J y a "Negro" y "Ramón", ocasionales compañeros de la música con quienes me divertí mucho - in memoriam))

Mi amigo J me contó un hecho que quedó en el anecdotario como algo cómico para compartir en los asados y reuniones, sin embargo, el ambiente social y político donde se produjo, era muy complicado y nos remite a los años 1974 o 1975 donde el peronismo estaba dividido en dos fracciones a derecha e izquierda, esto implicaba enfrentamientos entre ambos bandos. La particularidad es que en Lincoln gobernaba un intendente del espacio político del “PI” (partido intransigente) una excepción replicada en pocos municipios en todo el país. Un grupo de militantes peronistas decidió tomar la intendencia o quizás realizar una agitación, un objetivo menor  que “mueva el avispero”. Apelo a mi memoria e imaginación para contar dicho evento.

El “La” menor en forma de arpegio descendente de la marcha peronista invadía toda la avenida, resonaba especialmente en la esquina de Massey y Belgrano donde estaba antiguamente la confitería “Las Vegas”. Unas cincuenta personas avanzaban por la calle en dirección al municipio portando pancartas y banderas. La movilización la encabezaba la banda de música cuyo director era “El negro jefe” quien tocaba el trombón, secundado por “Ramón” o “Reimon” percusionista que por su renquera, era trasladado en una especie de carroza con ruedas lo que le daba una impronta de rey plebeyo. No sé si ese día “Tronó el escarmiento”, pero lo que es seguro es que sonó fuerte el trombón. El sonido del “sacabuche” hacía vibrar los escaparates metálicos del kiosco de Avalos y los carteles de “Oferta $99, 99” de las prendas de la tienda Galver aún adentro de la vidriera. La gente que caminaba por la vereda se tapaba los oídos para preservar la capacidad auditiva, semejante a cuando pasa una autobomba con su sirena. Más atrás, mi amigo J con su saxo tenor y un trompetista, luego el resto de la gente.  El liderazgo general lo ejercía el negro quien con su instrumento marcaba el rumbo de la concentración, cuando lo dirigía para adelante y hacia arriba cual despegue de avión, había que avanzar, en cambio cuando se daba vuelta y miraba para atrás, todo el mundo se detenía. El segundo en jerarquía era Ramón y cuando el jefe emitía una orden, Ramón decía ¡!!All right!! y se ejecutaba. La señorita Magdalena al ver el tsunami de gente, se cruzó en dirección a la plaza haciendo la señal de la cruz, los perros de la plaza Rivadavia mantenían una asamblea permanente y ampliada por si había que hacer una defensa gregaria, algunos comerciantes del centro cerraron las cortinas de sus negocios para prevenir desmanes. La rutina del pueblo se alteró y contrastaban dos grupos definidos, uno, el que llevaba la acción, conformado esencialmente por jóvenes quienes al cantar la marcha, ponían énfasis y separaban en sílabas la parte que dice “…Sos el primer tra ba ja dor”,  el otro grupo heterogéneo, conformado por los observadores pasivos y aquellos que apuraban el paso para salir rápidamente de la situación.
Nadie detuvo a la caravana pero cuando llegó a lo que es hoy el patio cívico había un panorama de guerra, policías como para hacer dulce, apostados en los puntos estratégicos del palacio municipal y hasta en la terraza los había con cascos y armas largas. Ante esta situación, el “Negro jefe” cambio su alegría militante por la expectación propia de un estratega, con un rápido paneo del lugar y revisando los enunciados de Clausewitz dio media vuelta y mirando a su gente pronuncio un breve y emotivo discurso:
“Compañeros: Estos hijos de puta pidieron refuerzos a la cana de Junín, tenemos que abortar el plan “A” y el “B” estamos en inferioridad, vamos a guardar energías para lo que se viene”
Mirando a Ramón le ordeno enérgicamente:
-  Hace ritmo de marchinha
-         All right dijo Ramón y acomodándose el bastón arremetió  el parche con los dos palillos. Se escuchó algún que otro ¡!!Viva Perón carajo!!!!
Todos se dieron vuelta y mirando en dirección al club Argentino, comenzaron a marchar y bailotear en sentido contrario, ahora el arpegio descendente era “Fa” mayor y tenía menor carga dramática.

 “Mamaeu, eu quero mamaeu, eu quero
Mamaeu, eu quero mamar
Dà a chupeta, ai, da a chupeta
Dà achupeta pro bebe nao chorar…..”

viernes, 2 de noviembre de 2018

Pesos Pesados / Los ¨70. Relatos de la década que no entendí


Pesos pesados.
Ed pareta 2/11/2018

Me imagino ese lunes 7 de diciembre de 1970 a la noche en la cocina de mi casa, vísperas de feriado en la ciudad de Lincoln, María inmaculada es la patrona de la iglesia principal y por lo tanto, el 8 son las fiestas patronales, además es el día que se arma el arbolito y es el comienzo oficial de lo que se denomina “espíritu navideño” o sea, esa etapa del año donde muchos olvidan los rencores y se vuelven “buenos”, al menos, es lo que yo creía por entonces. Mi vieja posiblemente cocinó pizzas, una de mozzarella y otra de anchoas, esas que te dan mucha sed al rato de ingerirlas, todo ese contexto, era semejante a un sábado, como si esto fuera poco, había box, dato sabático inconfundible y no era cualquier pelea, era “La pelea del siglo” por lo menos, así se vivía en Argentina, se enfrentaban en el Madison Square Garden de Nueva York dos pesos pesados. Mohamed Alí y Ringo Bonavena.
El cuadro era  así: el sonido de la radio con el inconfundible relato de Osvaldo Caffarelli y algunos ruidos incidentales propios de una cena, ruido de cubiertos, de vasos llenándose con el vino de mesa y el consabido chorro de soda, el ruido que producía mi vieja al “espiar” el horno para ver si la otra pizza estaba lista, comentarios de mis hermanos con alguna orden doméstica y nada más, mi viejo no aparentaba mucho interés pero cada tanto lanzaba un comentario: “Allá tenés que ganar por nocaut si no te roban la pelea”. Caffarelli se empeñaba en llamarlo Cassius Clay cuando lo nombraba a Alí, lo mismo hizo Ringo para provocarlo  en el pesaje, en un bizarro contrapunto le repetía Clay!!! Clay!!! Clay!!! Y Alí le respondía Mohamed Alí!!! Mohamed Alí!!! Mohamed Alí!!!. Luego de ganarle a Sonny Liston en 1964 Cassius Clay adoptó la religión musulmana y cambió su nombre a Mohamed Ali. Este cambió generaba resistencia porque no era solamente un enroque onomástico, era una toma de posición, cambiar el nombre de los apropiadores de sus ancestros por un nombre elegido por él.
Yo hinchaba por “Ringo” como todos en casa, se me ocurre que porque era “nuestro” y era el “bueno” también llamado “la esperanza blanca” porque salvo el alemán Karl Mildenberger y el, no había muchos blancos en la categoría pesados. El contrincante era “el malo” y el “extranjero”.
El pesaje de los boxeadores es una especie de mise en scene montado para generar interés en el público donde los contrincantes muestran su “cara de malo” y dicen cosas ofensivas para con el otro, Ringo lo hizo enojar a Ali al decirle “Chicken” o “Acá hay olor a negro” pero también lo hizo reír con sus ocurrencias al punto que Ali tuvo que retirarse conteniendo la risa, no estaba en los planes reírse en ese contexto. Lo de “gallina” se lo dijo por el hecho de haber desertado del ejército de EEUU cuando fue convocado para la guerra de Vietnam, hecho que le costó a Ali procesos judiciales y el retiro de su habilitación como boxeador.
Volviendo al sonido de mi casa,  además de las tìpicas frases: “pásame el vino” “córtame otra porción” lo que se escuchaba eran interjecciones conforme pasaban los rounds y los “uppercuts” de derecha o los “Jab” de ambos boxeadores, entonces se escuchaba: “Ughhhh” “Ufsssss” “Ahhhhh” para luego hacer silencio y seguir el desarrollo de la pelea, la misma duró quince rounds a pesar de las expectativas de un nocaut prematuro pronosticado por ambos, como sentenció mi viejo, Ali ganó por puntos a pesar  de que Ringo hizo una muy buena pelea, seguramente en casa se vivió como una decepción rayana en la tristeza con algún comentario acerca de una injusticia en los fallos, “Por lo menos, tendrían que darle un empate” comentó mi viejo resignado. Mirado a la distancia, no fue así, Ali ganó bien. Luego del final, Ringo le susurró al oído a Alí : “No creas lo que te dije antes, lo hice solamente para calentar el ambiente”. También a la distancia “El malo” se transformó en “el bueno” porque reconozco en ese hombre la valentía de plantarse y no ir a pelear a una guerra con gente que no le había hecho nada malo a él, en otras palabras, ese fue el argumento de su decisión que le valió muchos dolores de cabeza. El “bueno” no se transformó necesariamente en “malo” me quedo con la imagen del Ringo ocurrente, divertido, un niño encerrado en un cuerpo grande, como lo definían algunos o el mismo que en el año 1974 recorrió varios países portando una remera con la inscripción “The Malvinas are Argentina´s” y desecho a ese Ringo racista y fanfarrón.
Se me ocurre que estos dos tipos, así como Juan López y John Ward, podrían haber sido amigos pero les tocó en suerte enfrentarse en un ring para satisfacer sus propias ambiciones de gloria, las ambiciones comerciales de unos pocos y el morbo proyectado de millones de personas.
Hay una teoría que dice que los sonidos no se pierden y quedan “boyando” en el espacio, yo tengo guardados los sonidos de esa noche vísperas de feriado escuchando la transmisión de la “pelea del siglo” en la cocina de mi casa con mi familia.

sábado, 6 de octubre de 2018

NEXOS / LOS 70 (la década que no entendí)



Nexos
Ed Pareta Octubre 2018




Dos mundos separados por muchos kilómetros o directamente paralelos que nunca se encuentran en un punto, el horizonte como marco testigo, no sé porque, pero la prolongación de dichos mundos la percibía parándome en las vías del ferrocarril oeste estación EL Triunfo mirando hacia el noreste en dirección a la estación Chancay del ramal Gral Viamonte – Ingeniero Luiggi. El sur, paradójicamente lo percibía finito. Años más tarde, en Lincoln, esos dos mundos no eran tan mágicos sino más reales, uno accesible, cotidiano, el del despertador a la mañana, el de la última revisión de mi madre a la noche a ver si estábamos tapados, la sirena de los bomberos voluntarios el 2 de junio, los actos escolares de los días patrios. El otro mundo, se armaba con imágenes reflejadas en las paredes de la caverna, un mundo percibido a lo lejos, noticias frívolas o no, aportadas por las pocas revistas que llegaban a mis manos o alguna publicidad de la televisión que mostraban lugares exóticos, lejanos e inalcanzables. En ese espectro de mundo desconocido que me atraía, se contaba la famosa publicidad de una marca de cigarrillos donde una modelo viajaba y lanzaba al aire el humo en geografías de difícil acceso incluso para la imaginación y te invitaba a sentir ese estado fumando el pucho que “marca tu nivel”. Pero aun cuando la condición sine qua non de las paralelas es que no se junten en un punto, existe un  articulado metálico que transita por arriba de dichas líneas y las une.
El tren traía noticias del mundo “sensible” y la traía a mi abuela Anita todos los veranos con la alarmante amenaza de que “este es el último año que vengo” sentencia que caía como una piedra movediza de Tandil sobre mi cabeza infantil. Por suerte, eran solo verborragias hipocondríacas y la abuela siguió viniendo por muchos veranos y me regalaba una guitarra chiquita, quizás veía en mi “uñas de guitarrero”.
Un nexo sin dudas entre esos hemisferios fue Roberto Carlos, cantante y compositor brasileño que pertenecía al mundo de lo cercano, palpable, escuchable. Pero un día del año 1970 actúo en Mau Mau (que debe su nombre a un grupo de liberación de Kenia) Esta “boite” pertenecía a lo más granado del jet set local, o sea, al mundo de lo misterioso e inalcanzable para mí, sin embargo, a esas vivencias me acercaba leyendo las aventuras de Isidoro Cañones quien era habitué del lugar y concurría asiduamente, a veces, en compañía de “Cachorra”.
De esa memorable actuación quedó un Long play cuyo arte de tapa, podría ser una obra de Caravaggio o de cualquier pintor del primer barroco, a saber: Colores definidos e intensos, luces y sombras, la pintura describiendo la acción que transcurre en ese momento. Roberto Carlos sentado en el centro de la escena en una banqueta alta, el saxofonista sosteniendo el “barítono” no sin esfuerzo, en segundo plano: el resto de los músicos de la banda observados más atrás por un venado en su eternidad decorativa.
Me hubiera gustado estar ahí pero de hacerlo, hubiese desafiado los principios fundacionales de la filosofía al unir el mundo “Inteligible” con el “Sensible”, menuda tarea para un niño de 10 años.

lunes, 1 de octubre de 2018

Crónicas de viaje / Ed Pareta septiembre 2018


Una vez guardados en la retina los siete colores del cerro de Purmamarca, aunque los lugareños dicen que son màs, emprendimos el tour que nos llevarìa a conocer la quebrada de humahuaca, el guìa contò el contingente y faltaba uno, era un señor alemàn de contextura fìsica grande y vestido como un explorador que sacaba fotos compulsivamente a todo, no era la primera vez que llegaba ùltimo y el dato era tomado con hilaridad por el resto del pasaje. Tambièn viajaba una pareja de irlandeses jòvenes quienes se comunicaban fluidamente en inglès con Noemì, un muchacho polaco que mostraba interès por todo, abrìa grande los ojos y sacaba fotos con el celular y otras personas con quienes no tuvimos mucho contacto. El guia, al pasar por Tilcara, nos dijo que a la vuelta conocerìamos el "Pucarà de Tilcara" que es una fortaleza construida por los tilcaras en un punto estratègico, situado a 1 km de la ciudad de tilcara sobre un morro de 80 m de altura desde donde se tiene una visiòn de los dos caminos, ideal para la defensa o un oportuno ataque, la fortaleza, fue reconstruida en 1911 por Debenedetti.
Cuando me perdìa en la conversaciòn de la pareja de irlandeses con Noemì, me refugiaba en los folletos que nos habían entregado; "...la quebrada es un surco angosto y profundo de origen teutònico-fluvial ubicado en la provincia de Jujuy...." conforme pasaban los kilòmetros, el GPS de mi ansiedad lo habìa fijado en la ciudad de Humahuaca, recordando algùn consejo de amigos "cuàndo vayas a Humahuaca, comprà alfarerìa que es de la mejor del norte" y tambièn vino a mi memoria una canciòn del imaginario infantil "La vaca estudiosa" de Marìa Elena Walsh, en esos pensamientos estaba cuando interrumpìo el guía a través de un micrófono y su consabido acople "Vamos a entrar en el pueblo de Uquìa solamente 20 minutos para conocer concretamente la iglesia San Francisco de Paula que data del siglo XVII es de estilo americano con paredes de adobe de 1 m de espesor, el altar està tablado a mano de madera y dorado a la hoja, lo mas llamativo en su interior son los cuadros de los àngeles arcabuceros traídos desde Cuzco en la época de la colonia. Terminada su alocuciòn, sentì una leve molestia porque no estaba en mi expectativa quizás, conocer Uquía y su iglesia, llegamos al pintoresco pueblo y fuimos directo a la iglesia pero  habìa festejos en las calles por el dìa de la primavera, gente vestida con coloridos atuendos, sonidos de trompeta, trombones y percusiòn, dejamos la iglesia con Noemì y nos dirigimos al epicentro sonoro que estaba aproximadamente a 100 m, nos acercamos y me presentè: "Soy trompetista y venimos desde Buenos Aires" inmediatamente, me extendieron una trompeta, "Toque algo del sur" me dijo alguien del grupo, tras una laguna mental de algunos segundos, creo que toque "Cerezo rosa" que no es del sur precisamente pero para el caso no importaba, luego nos convidaron cerveza y compartimos un momento de hermandad que guardarè para siempre, en eso, vimos que la combi se disponìa a seguir viaje, nos despedimos afectuosamente. Parafraseando a Fellini "Un encuentro dura un instante y te deja para siempre un sabor a gloria".