martes, 29 de abril de 2014

MEDITERRÁNEO - Ed Pareta - 29/4/2014

Mediterráneo.


La primavera se percibe, camino por la plaza Rivadavia, lo hago con dificultad porque mis flamantes zapatos con plataforma se enredan con el Oxford marrón. Cuando estoy en el preciso lugar donde sacaron el busto de Evita, veo a los muchachos que esperan en la esquina de Rafaelli, desde hace algún tiempo ponen los parlantes en la calle y promocionan las novedades discográficas. Nosotros vamos todas las tardes a ver qué hay de nuevo, escucho la música fuerte…pero ¿Qué es esto?  Me gusta, me gusta mucho, la letra dice algo del mediterráneo, siento la brisa fresca en la cara que viene del norte por Massey, con un levante otoñal emprendo el vuelo, el mediterráneo queda lejos, mucho más allá de la jabonería de Signorini, pero ya estoy ahí.

sábado, 15 de marzo de 2014

Chivito Patagónico /Crónicas cotidianas










La estrategia del mediodía habría sido cumplida sin problema si no nos hubiéramos encontrado con Rocío, amiga de Noemí, quién nos dijo: ¿Por qué no se vienen conmigo a la obra? Están haciendo un chivito para festejar la losa. El plan que habíamos hecho durante el desayuno era: aprovechemos a pasear, comamos algo livianito y después cenamos bien.
El cambio de planes no fue traumático teniendo en cuenta que no comemos chivito patagónico muy seguido. Emprendimos el viaje en el auto de Rocío y al rato de dejar la ciudad atrás y luego de un camino escarpado y en subida, llegamos a la obra. Rocío, que es la arquitecta de la misma, nos llevó a la flamante losa para que observemos la hermosa vista que ofrecía la cordillera y el festival de aves que, en plácido vuelo, se recortan sobre el horizonte aprovechando la térmica. Luego bajamos al lugar donde se estaba cocinando el chivito, ahí nos encontramos con los obreros y la dueña de la casa, la señora Victoria, ella en su rol de anfitriona, nos presentó a las demás personas como los amigos porteños de la arquitecta. La previa del almuerzo tenía sabor a rito y a encuentro. Los trabajadores que habían llenado la losa eran cuatro.
Roberto, el asador, un muchacho robusto no muy alto con el pelo cortito y morocho, dotado de un fluido discurso y notable inteligencia práctica. La falta de algunos dientes de arriba, revela quizás, una infancia pobre y sufrida.
Roberto y la señora Victoria, eran los que llevaban adelante la amena charla entre los dos grupos que, sin proponérselo, se habían instalado en distintas orillas de la mesa, las mujeres preparaban la ensalada y los hombres apuraban un vinito reparador. Entonces las historias afloraron sin más.
El grupo de los “Rostros curtidos” (así se me ocurrió llamarlos) se completaba con Becho: un veterano entrecano que llevaba una gorra y anteojos oscuros, Martín, un joven musculoso de aspecto atlético y Juan que estaba apostado en un rincón observando sin hablar. A la rivera de los “infancias nutridas” se había agregado Ricardo, hermano y socio de Rocío que llego más tarde trayendo una botella más de vino, dato que tranquilizó a las dos orillas de la mesa. Roberto, mientras removía las brasas contó de sus trabajos itinerantes en la provincia de Buenos Aires, trabajos rudos de campo, de madrugadas heladas y manos escarchadas.  Victoria, a su vez, que el chivito lo había traído de Chos Malal, según ella, los más sabrosos del país. La conversación por momentos se separaba en bandos y los dos grupos se reconcentraban  en contar sus propias historias hasta que algún tema conciliaba el interés de todos. La invasión de conejos fue uno de ellos, Si, allá por la zona del Lolog son una plaga – dijo con tono serio Becho y fue la primera vez que oímos su voz, entonces, una pregunta me impuse y la formule sin esperar ¿Por qué no los cazan y los usan para hacer comidas y ofrecerlos a los comedores o lugares públicos? 
-Sabes lo que pasa – acoto Ricardo – es un tema de legislación sobre carnes silvestres que aún no está reglamentada referido a la salud dado que los animales silvestres pueden ser portadores de enfermedades, triquinosis por ejemplo.
Ah, entiendo – dije no muy convencido.
El cielo estaba brumoso y le daba un aspecto misterioso a las montañas, entonces, surgió la consabida comparación con Londres e invitó a historias más truculentas teniendo en cuenta la acción del tinto que ya hacía sus primeros aportes a la fábula. Entonces, los de éste bando, pescamos una conversación que mantenían los “Rostros curtidos” acerca de apariciones cerca del lago Meliquina que nos hizo “parar la oreja”. Becho llevaba el relato y su tono era más serio aún y denotaba un dejo de miedo.

¿Pero vos la viste? – le preguntó Roberto curioso.
Si, varias veces – dijo Becho y a partir de esas palabras todos hicimos un silencio denso y se escuchó su relato con voz grave.
La primera vez, fue un día que yo fui a cortar el pasto en las cabañas cercanas al lago, era la tardecita y yo estaba caminando para tomar el colectivo de vuelta para San Martín y agarré un atajo para no cruzarme con los turistas, es un camino que no anda nadie, el día estaba como hoy, nublado y yo venía pensando que iba a nevar esa noche cuando al final de la bajada veo a una nena como de unos 8 años más o menos. La nena estaba quieta, al principio no note nada raro pero cuando me fui acercando, no me pregunten porque, se me puso la piel de gallina, mira que yo no le tengo miedo a nada. Cuando estuve, calculale a unos 50 metros, la vi más de cerca y no parecía una nena de la zona, empecé a traspirar, mire para todos lados como buscando a los padres, pero nada, no había nadie.
¿Pero te habló la nena? – preguntó Juan.
No, callate que cuando estuve frente a frente, de los nervios le pregunté si estaba perdida. Pero no me contestó, tenía las ropitas raras, no sé cómo explicarte, no parecía…
¿Viva? – preguntó Roberto como para ayudarle en el relato.
Si, algo así, pero yo la veía y ella me miraba con una mirada fría sin expresión, no sabes el julepe que me agarre,  me fui corriendo, te lo juro, mi corazón galopaba a 120 al doblar en la proveeduría me encontré con la gente que estaba esperando el colectivo, intenté calmarme y me dije  ¡Que chambón que soy!  Es una nena nada más, pero fue muy raro. Esa fue la primera vez.
La señora Victoria nos miró buscando complicidad como diciendo, yo no creo en esas cosas, pero el relato fue tan contundente que nos quedamos callados.
Bueno, esto ya está .dijo Roberto rompiendo el clima…Este chivito no es un aparecido, es de verdad – bromeó.
Lo que siguió fueron los típicos ruidos de los cuchillos y los dientes contra los huesos entrándole a esa pieza deliciosa y algún que otro ¡pasame la ensalada!  Y el ruido esperanzador del vino cayendo en un vaso sediento, cuando pudimos hablar nuevamente, fue el grupo de las “infancias nutridas” quién propuso el tema de los cuidados en la alimentación y en el cuerpo para tener una vida más espiritual y equilibrada y el silencio del otro grupo fue contundente.
Empecé con yoga – dijo Rocío.
Qué bueno – dijeron las mujeres a coro.
Y cuando se produjo un bache, un silencio repentino. Juan, desde su rincón de observador lacónico tiro la frase que cayó como un balde de agua fría.
Los negros no hacemos yoga.
Se produjo un silencio incómodo, unánime y profundo. Los puentes que habíamos construido parecían desmoronarse, empezamos a juntar las sobras de comida, abastecer el reclamo de los perros  y ordenar como una acto reflejo para salir de ese momento, miré a Juan como para decirle algo pero desistí de hacerlo, él se quedó callado con una irónica sonrisa dibujada en su cara pensando quizás que había vindicado a su clase, pero todos los demás lo sentimos como un prejuicio de su parte que había cortado de cuajo una comunión eventual, que suelen ser las mejores comuniones.
Nos despedimos de la gente y le hice una seña a Noemí para que nos volviéramos caminando, ella asintió y emprendimos la bajada del cerro, caminamos en silencio cada uno en sus pensamientos.  Se me vino a la cabeza aquel disparo furtivo y amenazante que sufrió Lucas, el protagonista de la película danesa “La Cacería” sobre el final para recordarle que algunos resentimientos no se curan así nomás.
Entre disparos arteros vamos tratando de construir puentes, tal reflexión me pareció mediocre por lo tanto decidí no compartirla con Noemí, cuando estábamos llegando al pie del cerro, se me puso la piel de gallina al acordarme de la historia que contó Becho, pero para nuestra tranquilidad, no había ninguna niña a la vera del camino.


sábado, 21 de diciembre de 2013

18: 35 a LINCOLN - (Ed Pareta - diciembre del 2013) Foto: Rita Simoni

18: 35 A LINCOLN. (Ed Pareta – diciembre 2013).
El viaje empieza una vez traspuesta la entrada de la estación de Once, los típicos ruidos del lugar, algún que otro voceo ofreciendo mercaderías y la sensación de estar ya un poco en el pueblo. Atrás queda la agitada vida de Buenos Aires, las compras para el negocio de mi vieja y alguna escapada a escuchar música y visitar amigos que están radicados en la gran ciudad, pero eso sí, siempre transitando por las mismas calles para no perderme.
De pronto, en el rumor de música incidental que constituyen los sonidos, irrumpe la voz del locutor quién, con la seguridad de las cosas que funcionan,  enuncia la lista de las estaciones donde el tren va a parar, la cuestión suena más o menos así…”Expreso de las 18:35 a Lincoln observando paradas en Haedo, Luján, Mercedes, Chivilcoy, Mechita, Bragado, La Delfina, San Emilio, Gral Viamonte, Bayauca, Lincoln y estaciones intermedias” Luego de revisar el pasaje subo al tren, acomodo los paquetes y miro a mis ocasionales compañeros de viaje para contemporizar, un suspiro para cambiar el aire y el tren arranca lento como asomándose entre los paredones de los primeros tramos del recorrido, este paisaje de encerronas dura hasta el barrio de Caballito, luego cuando el tren toma cierta velocidad y toca la bocina con arrogancia de solvencia se empieza a vislumbrar un poco de horizonte.
Pasan algunas estaciones del trazado Once-Moreno hasta llegar a la primer parada, Haedo y esto me produce cierta inquietud porque sube más gente con sus bolsos e incomodidades a cuestas hasta que todo se acomoda nuevamente y el viaje torna en rutina que invita al sueño o la reflexión, siempre que no haya algún niño destemplado. Luego de Luján y a poco de andar, el verde toma por asalto al ojo, las primeras chacras aparecen con sus explotaciones, algunos animales y el olor fuerte de los hornos de ladrillos que son comunes en esta zona,  entonces es la clara señal que estamos entrando en la pampa, ya no hay moles de cemento a la vista, el sol allá lejos poniéndose al oeste, algún panadero flotando relajado por el aire del vagón y un ligero olor a tierra completan el escenario para un sueño ahora sí profundo.
Entre la polvareda se vislumbran siluetas que se recortan, están montados en briosos caballos, cuando se despeja la nube  puedo ver que son indios, son muchos y detienen su marcha mirando para donde estoy yo. Distingo una primera fila pero atrás veo más indios, mujeres y niños entre ellos.  Estoy parado, inmóvil,  veo por fin sus caras, son serios, duros, pero no encuentro maldad en ellos, me miran y no bajo la vista, creo que quieren decirme algo. El  que parece ser el cacique, se adelanta y alarga su lanza de manera que la punta me toca el pecho.
-         Eh!!! Despertate – me dice una voz que supongo conocida.
-         ¿Qué? – pregunto dormido aún.
-         Vamos al bar – me dice la voz que se corresponde con la del “Cholo”
Zapata.
-         Pero ¿Qué haces Cholo?  Me dormí profundamente, tuve un sueño.
-         Dale – me interrumpe - vamos a tomar algo al bar y nos ponemos al día.
-         Sí, claro, le digo- tratando de parecer lúcido y despierto.
Vamos transitando los vagones que forman el convoy hasta llegar al bar,  se suceden los saludos de conocidos de ambos y alguno que otro se suma en la caravana hacia el vagón comedor. Ya es de noche y el viaje se renueva y perdemos la noción de donde estamos. La charla se anima y es otro viaje ahora, chimentos del pueblo, algún chiste conocido pero igual festejado, el “Cholo” hace las veces de anfitrión del grupo heterogéneo pero con una disposición a pasar bien el rato. Lo que se toma es porrón de cerveza o el clásico café recalentado y dulzón que sirven en el tren. Después de Bragado las vías no están bien y entonces se sacude todo en el bar, parece un leve sismo inofensivo que ya forma parte del folclore de este viaje.
La locomotora atraviesa llanura y el pito suena insistentemente, estaremos llegando a alguna estación.
-         Uh. Ya estamos en Bayauca – dice el “Cholo”
-         Si, Mozo, cóbreme - dice un amigo del cholo
-         No, espera – decimos a coro
-         No, de ninguna manera – insiste- Pago yo.
-         Bueno, está bien, pero la próxima pago yo – decimos los demás simultáneamente.


Ahora volvemos a nuestros lugares despidiéndonos de los amigos prometiéndonos encuentros e intercambiando direcciones. Luego de ésta parada, quedan los pasajeros que descenderán en Lincoln. La ansiedad por llegar, aparece con fuerza y entonces agarro el equipaje y me acerco a la puerta, son pocos minutos hasta que el pito del tren nuevamente suena intermitente, ya estamos en el pueblo, pasamos por el Hotel Castilla, el primer edificio reconocible antes de frenar en la estación. Bajo y veo a lo lejos al “Cholo” y le hago una seña como diciendo “Te llamo” y encaro por la explanada que da a la calle Pueyrredón atestada de gente y saludos entre valijas y paquetes, Estoy cargado pero decido caminar para pensar en el sueño que fue muy breve pero intenso y real. ¿Qué fue ese sueño? ¿Qué me habrán querido decir? No lo sé. Un día voy a indagar en mi pueblo de la infancia, en Fortín El Triunfo. Los juegos en los médanos y el hallazgo de ciertos elementos que no le encontrábamos sentido por entonces. Quizás fue una señal. Algo me molesta, me llevo la mano al pecho y noto que la camisa tiene un pequeño agujero.  Ya es medianoche y camino las calles que conozco de memoria, otro viaje comienza.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Quién

Quién



Estoy encerrado en una estructura que no es mía, mis movimientos son torpes, no sé de qué evolución soy el resultado. Puedo pensar, soy muy pesado para ser pájaro. Tengo un vago recuerdo de la antigua civilización ¿Qué era antes? ¿Un hombre?
Los pájaros no pensaban ¿o sí? ¿Qué puedo hacer entonces?
¿Habrá alguien en algún lugar que sea como yo? ¿Hombre? ¿Pájaro?
No sé si puedo hablar, no sé si puedo volar. Veo perfectamente, pienso ¿existo?

Una cáscara me contenía hasta hace poco ¿Cuánto hace? ¿Cuánto tiempo? ¿Qué es el tiempo? ¿Quién soy?

Ed Pareta 11/11/2013

lunes, 15 de julio de 2013

Estaba todo por hacerse.... Gustavo Infantino / otros autores


Estaba todo por hacerse
(quiero decir)
Infancia
Madrugada
Fuego verde llamarada, digo
La escuela del Estadio Centenario
A la que fui
Hablo de los días
Y las noches, digo infancia, mis bronquitis
Vick vaporub
Invierno
Montevideo
Cielo del 69
Y el tablero loco
Máquina de escribir
De mi padre, tecleando imperturbable
A toda velocidad, serio, serio
Cigarrillos Nevada y grapa con limón
Salpicando hojas en blanco, buscando verdades a tientas
El tableteo, decía
En las calles
Polis y tupas, digo
El tableteo
Montevideo
Al arrullo de las bombas
Repasando la tabla del 9, digo
Y los muchachos de mirada clara, decía Viglietti
Increpándonos a las mañanas
Desde las tapas de los diarios
Zitarrosa y esa voz
Que venía a visitarnos
Y los Olima y los asados
Y el Che que aún no era póster
Sino un flaco más, como cualquiera
Pero más valiente, como debía ser
El hombre nuevo del que hablaban
Esos señores de bigote
Que venían a veces a casa
Con gesto grave y entrañable
Y llamaban hermano a mi viejo
Digo
Anoche mama estaba en la tele
Canal 5 Sodre
Teatro por TV
Que linda, vieja
Era más buena
Mi mama la actriz
Y los chistes y chocolatines
Cuando cobrabas (digo)
Montevideo – quiero decir
Infancia
Madrugada
Estaba todo

Por hacerse


Gustavo Infantino

THE AMERICANS - RITA SIMONI / Otros autores


THE AMERICANS:

Road Movie en blanco y negro.
Caminos sinuosos laterales siniestros.
American way of life? No.
El lado oscuro de la luna.
Bee bee bop.
Silencio.
Yanquis go home.
Cual home, diría Robert.
El auto es mi casa. Hoy.
Ellos miran con la mirada hacia ningún lado.
Multidudes del silencio.
Nobody knows the trouble I´ve seen.
Sacúdete la arena de tus zapatos.
En algún lado estás, estoy.
Detrás del árbol, sólo.

Rita Simoni / 2011./ Foto: Robert Frank (poéma inspirado en la obra del fotógrafo "The Americans")

jueves, 4 de julio de 2013

crónica coty diana

Cuando tengo que realizar un trámite en el centro de esta ciudad caótica pero maravillosa que es Buenos Aires, hago de cuenta que emprendo un viaje, tomo, por lo general, algún transporte público y esto me asegura, si consigo sentarme,  que puedo leer o pensar en alguna idea que me haga reír. La última idea que se me ocurrió, fue pensar que después de “la tropilla de la zurda” no quedaban más metáforas hasta que apareció una que dijo un cantante popular por estos días que merece ser contemplada, dijo algo así como… “yo siempre fui telonero, grupo soporte de mi pueblo”  vaya que frase.
El viaje en el 128 con destino a Almagro se me hizo más corto porque lo tome en plaza Italia y logré sentarme y seguir leyendo un libro que me regalo un compañero de trabajo que yo no lo habría elegido pero que me atrapo porque, como dice Franco, mi amigo escritor, si la historia está bien contada, vale la pena. En dicho libro…”La novena Revelación” se habla de los encuentros casuales que no lo son tanto y porque uno se encuentra con determinadas personas en determinados  momentos entre muchas otras cosas.
La cuestión es que, una vez en Almagro y luego de retirar un cheque en la entidad que me paga por mi trabajo me dirijo al banco, saco un número para cobrar y como había una cola importante, decido ir a un restaurante que está justo enfrente del banco para hacer tiempo comiendo alguna cosita y de paso ponerme al día con los humores desechables.
Pido el plato del día, no aclaran de que día, que resultó ser un pollo con papas españolas, me lo traen y apenas le entro, me di cuenta que no estaba muy rico pero como tenía hambre, seguí con las masticaciones que no son 33 por bocado como sugieren los que saben comer, en ese momento veo que llega alguien y ocupa la mesa haciendo diagonal con la mía, levanto la vista y veo que era alguien conocido, lo miro y me cae la ficha, es un cantautor argentino que no veía desde hace mucho tiempo, él se fue a España donde tiene éxito y también canta en Francia.
Me acerco y el me mira y luego de un momento me reconoce, entonces sobrevino  la charla típica de dos personas que hace mucho que no se ven, me cuenta que ahora está radicado acá pero que va y viene a España porque tiene a sus hijos allá, que canta en Paris, donde es difícil tocar y que te paguen, pero lo más importante que me contó, es que está haciendo un trabajo de investigación con la murga de Buenos Aires, su origen, sus influencias y que su espectáculo, tiene que ver también con algo didáctico en ese sentido, luego me contó una anécdota que es la que les quiero compartir  y que me preocupó un poco. En una gira que estaba haciendo por el interior tocó en un pueblo que prefiero no nombrar, en época de carnaval, luego del show, se le acerca el intendente de dicho pueblo y le dice…” che lo tuyo todo muy bien, pero hace falta que pongas un poco más de “carne” vos me entendés…”  a lo cual, mi amigo luego de salir de una súbita inmovilidad le dijo…no, pero esto es otra cosa, se trata de cultura popular. Esto es lo que me hizo pensar, cuan machistas e ignorantes son algunos gobernantes a los cuales les otorgamos graciosas facultades para decidir por nosotros.
Nos despedimos con mi amigo con un abrazo, previo intercambio de teléfonos y promesas de invitaciones mutuas y me fui caminando por la avenida Rivadavia inspiradora de canciones y fingiendo ser, aunque ella sabe que no es así, la más larga del mundo.

Humberto Estero - (invierno 2013)