Ovni
Ovni: a este acrónimo lo
escuché por primera vez en boca de mi padre, a él le interesaba el tema y leía
todo lo que aparecía sobre el asunto. Por entonces, la década de los setenta, era poca la información que llegaba a través
de los diarios o la radio.
Cuando mi padre hablaba
de los ovnis se le iluminaba la cara, yo paraba las orejas, vienen de otro
planeta y tienen una tecnología muy superior a la nuestra, creo haber escuchado
que decía. Yo no entendía como podría haber civilizaciones fuera de nuestro
planeta, ya me había preguntado por la idea del infinito y por supuesto cada
vez que me lo preguntaba desistía porque no encontraba respuestas; esto sigue
pasando aún hoy.
Cada tanto aparecía una
nueva noticia, un nuevo avistaje en algún pueblo o laguna del país o del
extranjero. Todos los relatos coincidían: se ve una luz muy fuerte, se
neutraliza la electricidad de un automóvil que se encuentre cerca del fenómeno
y los animales se espantan. Algunos testigos aseguraban haber visto figuras
humanoides pero estos eran los menos. Lo de las lagunas era porque se creía que
las naves se abastecían de agua y bajaban preferentemente de noche a los
espejos de agua. Las personas que decían haber visto a los seres, cuentan que
se quedaron paralizadas por algunos minutos.
Los relatos que más me
impresionaban eran aquellos que sostenían que algunos extraterrestres vivían
entre nosotros, que habían adoptado una apariencia humana y se adaptaron a
nuestra sociedad desempeñando tareas de un humano. En ese sentido, creo
haber escuchado la historia del doctor Atrún y digo creo porque la memoria aquí
me juega una mala pasada, no recuerdo si el doctor era de otro planeta o bien,
tuvo un encuentro cercano con un extraterrestre y estableció un contacto a
través de la gestualidad. El doctor era pediatra y tenía como paciente a un
niño sordo mudo, había aprendido el lenguaje de señas, por lo tanto, no le
resultó difícil establecer comunicación de esa manera, como verán; me inclino a
pensar en la segunda de las opciones: resulta menos creíble que un
extraterrestre se haya camuflado entre los humanos.
El doctor Atrún era un
médico sexagenario, de contextura fuerte, alto y canoso, tenía un trato afable
con los pacientes y a los niños que se atendían con él, los hacía sentir
confiados aún en las intervenciones que implicaban cierto riesgo, las gafas con
marco metálico le inferían un aspecto de seriedad y aplomo. El jueves 14 de
marzo de 1974 a la tardecita se encontraba en su consultorio ubicado en la
localidad de Rochester Hill – Michigan. Eran las 18 horas y se disponía a
cerrar. El consultorio estaba en la parte delantera de su casa y ocupaba todo
el frente de la misma, un hall de entrada, un consultorio y una sala habilitada
para pequeñas intervenciones quirúrgicas.
La casa era sólida con ladrillos a la vista y
techo de pizarra, contaba con una sobria entrada, una puerta de roble con un
aro metálico en el medio. Se accedía por un camino desde el confín de la vereda
que culminaba con dos escalones de cemento, a los costados de la entrada, dos
grandes macetones con jazmín de invierno y sendas rosas de navidad en macetas de
colores vivos, este detalle contrastaba con la sobriedad del resto de la casa
en la cual predominaban los tonos grises y el color ladrillo de las paredes, un
sillón de hierro forjado en la galería y un cartel que decía: Welcome bordeado por la imágenes de
flores autóctonas en el jardín.
Ya era noche cerrada y
el doctor, como siempre lo hacía; luego de revisar unos papeles y dejar
preparada la jornada del otro día, colgó su delantal en el perchero del hall de
recepción, cuando de pronto; todo se iluminó, era una luz blanca y fuerte que
venía de afuera, pensó que sería algún automóvil que en forma temeraria se
había subido a su jardín pero enseguida desechó esa posibilidad. Se arrimó al
ventanal y no pudo dar crédito a lo que veía, la luz que ocupaba todo el jardín
ocultaba la vista hacia la calle. En esa luminosidad, se podía apreciar el
contorno borroso de un platillo volador, de esa manera se denominaba a esas naves
desconocidas. El doctor ya no tuvo dudas de que se trataba de un ovni.
Transcurrió un minuto del impacto que le generó esa visión cuando comprobó que
estaba paralizado, que no podía mover sus brazos y manos, luego de un momento
que no pudo mensurar, volvió a tener movimientos en sus extremidades, atinó a
llamar a su mujer que estaba en el
interior de la casa pero justo en ese momento, se abrió una puerta de la nave y
dejó ver un agujero negro hacia su interior, luego de unos segundos eternos,
bajó un ser alto de color gris, tenía
una cabeza ovoide y unos ojos de similar forma sin nariz, se movía con pasos acompasados
y lentos, empezó a caminar hacia la puerta del consultorio. Atrún atinó a salir
corriendo pero le ganó la curiosidad: ¿Quiénes son estos seres? ¿De dónde
vienen? ¿Qué quieren de nosotros?
Me tocó a mí enfrentar
este fenómeno que tanto leí en las revistas de divulgación científica y estaré
a la altura de las circunstancias - pensó. Abrió la puerta de entrada decidido
a enfrentar lo que fuere. El marciano, así también se lo nombraba en los años
setenta por creer que venían de Marte, caminó lentamente hasta quedar a unos
seis metros del doctor. Se observaron mutuamente en silencio durante unos
segundos y luego, el visitante levantó su mano derecha abierta en la cual se contaban tres dedos de
distinto tamaño, el doctor hizo lo propio y esa fue la primera comunicación por
aquello de que el que llega a un lugar siempre saluda primero. Atrún ya
despojado del miedo primario que la situación le generó los primeros instantes,
se animó a hacer otro gesto, levantó nuevamente la mano derecha recogiendo el
anular y el meñique sobre la palma, en el lenguaje de señas eso significa:
Hola.
El visitante le
respondió de igual manera pero, por faltante de elementos, solo recogió un dedo
sobre su palma. Al doctor se le amontonaron las preguntas en la cabeza pero
respiró hondo y decidió hacer la que más le preocupaba: ¿A que vienen?, el ente respondió en lenguaje de señas que venían en
son de paz y que querían interactuar con los humanos. El doctor quedó conmovido
por la respuesta y pensó: ¿Cómo aprendió el lenguaje de señas? ¿O lo sabía con
antelación? - luego le preguntó ¿De dónde vienen? El humanoide contestó: Dese muy
lejos, luego levantó su mano derecha con la palma abierta y dio media vuelta
para dirigirse a la nave. La comunicación había terminado.
Atrún se quedó con las
ganas de preguntarle muchas cosas pero pensó resignado que lo que él quería
saber lo supo y que no fue posible extender la charla. Se quedó mirando como la
nave se elevaba sobre su jardín, la luz cesó paulatinamente y le costó volver a
acostumbrarse a la luz tenue de su calle; pudo ver la imagen que siempre veía
desde su consultorio, la tranquilidad de su barrio que fue el motivo por el
cual decidió instalarse en esta pequeña localidad del estado de Michigan hace
muchos años. Al parecer, nadie había compartido con él la experiencia que se
extendió por escasos minutos.
Se tomó un momento para
asimilar lo que le había pasado y luego, pensó como se lo comunicaría a su
esposa que estaba preparando la cena en la parte trasera de la casa. Le aterró
la idea de que no le iba a creer ¿Ella habrá percibido algo de lo que pasó?
Luego de contarle con dificultad los hechos, ella le respondería: son tus divagues
sobre el tema. Esta vez llegaste muy lejos con el relato, como si negar el
hecho la protegería a ella y a la familia de cualquier amenaza externa que
pondría en peligro la vida armónica que estaban llevando, sobre todo, luego de
que los dos hijos se independizaran. Estamos para mimar a los nietos y no para
embarcarnos en teorías conspirativas – luego su mujer concluiría con la
pregunta: ¿cenamos?
Esto es lo que mi
memoria rescata de lo que mi padre nos contaba de una noticia que había leído
posiblemente en la revista Así. El caso nos conmovió tanto y nos resultó tan
llamativo el nombre del doctor, que en aquellos días adoptamos un perro que
llegó a casa para compartir nuestras vidas y lo bautizamos “Atrún”. El perro
nos acompañó muchos años y al nombrarlo recordábamos ese caso que nos quedó en
el imaginario del misterio, de las cosas no resueltas, de la imaginación y de
la idea tranquilizadora de que hay gente que viene de lejos y nos protege como
humanidad y no nos va a dejar caer en los excesos a los que somos proclives,
algo así como ángeles de la guarda que un día, no se sabe cuándo, llegarán para decirnos que vienen en son de
paz y que se quedarán a compartir esta tierra abundante en recursos.
¿O acaso el doctor John
W. Atrún era un ser de otro planeta que se encontraba hace muchos años
mimetizado con los humanos? Y entonces mi memoria desechó esto de plano porque
me producía más inquietud, no lo sé.
Muchos años después,
una tarde de verano recordé el caso y decidí escribir con la pretensión de
develar el enigma, o al menos intentarlo, busqué la historia en internet y no
pude encontrar nada del caso del doctor Atrún, ¿Será que mi padre inventaba las
historias? Si así fuera, le agradezco
que haya prendido una llamita que vibra en simpatía con la gran llama de la
creación.
Mientras tanto, miro
con curiosidad todo cuerpo luminoso que se mueve en el espacio de forma no
convencional.

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