miércoles, 29 de enero de 2025


 

Ovni

 

Ovni: a este acrónimo lo escuché por primera vez en boca de mi padre, a él le interesaba el tema y leía todo lo que aparecía sobre el asunto. Por entonces, la década de los setenta,  era poca la información que llegaba a través de los diarios o la radio.

Cuando mi padre hablaba de los ovnis se le iluminaba la cara, yo paraba las orejas, vienen de otro planeta y tienen una tecnología muy superior a la nuestra, creo haber escuchado que decía. Yo no entendía como podría haber civilizaciones fuera de nuestro planeta, ya me había preguntado por la idea del infinito y por supuesto cada vez que me lo preguntaba desistía porque no encontraba respuestas; esto sigue pasando aún hoy.

Cada tanto aparecía una nueva noticia, un nuevo avistaje en algún pueblo o laguna del país o del extranjero. Todos los relatos coincidían: se ve una luz muy fuerte, se neutraliza la electricidad de un automóvil que se encuentre cerca del fenómeno y los animales se espantan. Algunos testigos aseguraban haber visto figuras humanoides pero estos eran los menos. Lo de las lagunas era porque se creía que las naves se abastecían de agua y bajaban preferentemente de noche a los espejos de agua. Las personas que decían haber visto a los seres, cuentan que se quedaron paralizadas por algunos minutos.

Los relatos que más me impresionaban eran aquellos que sostenían que algunos extraterrestres vivían entre nosotros, que habían adoptado una apariencia humana y se adaptaron a nuestra sociedad desempeñando tareas de un humano. En ese sentido, creo haber escuchado la historia del doctor Atrún y digo creo porque la memoria aquí me juega una mala pasada, no recuerdo si el doctor era de otro planeta o bien, tuvo un encuentro cercano con un extraterrestre y estableció un contacto a través de la gestualidad. El doctor era pediatra y tenía como paciente a un niño sordo mudo, había aprendido el lenguaje de señas, por lo tanto, no le resultó difícil establecer comunicación de esa manera, como verán; me inclino a pensar en la segunda de las opciones: resulta menos creíble que un extraterrestre se haya camuflado entre los humanos.

El doctor Atrún era un médico sexagenario, de contextura fuerte, alto y canoso, tenía un trato afable con los pacientes y a los niños que se atendían con él, los hacía sentir confiados aún en las intervenciones que implicaban cierto riesgo, las gafas con marco metálico le inferían un aspecto de seriedad y aplomo. El jueves 14 de marzo de 1974 a la tardecita se encontraba en su consultorio ubicado en la localidad de Rochester Hill – Michigan. Eran las 18 horas y se disponía a cerrar. El consultorio estaba en la parte delantera de su casa y ocupaba todo el frente de la misma, un hall de entrada, un consultorio y una sala habilitada para pequeñas intervenciones quirúrgicas.

 La casa era sólida con ladrillos a la vista y techo de pizarra, contaba con una sobria entrada, una puerta de roble con un aro metálico en el medio. Se accedía por un camino desde el confín de la vereda que culminaba con dos escalones de cemento, a los costados de la entrada, dos grandes macetones con jazmín de invierno y sendas rosas de navidad en macetas de colores vivos, este detalle contrastaba con la sobriedad del resto de la casa en la cual predominaban los tonos grises y el color ladrillo de las paredes, un sillón de hierro forjado en la galería y un cartel que decía: Welcome bordeado por la imágenes de flores autóctonas en el jardín.

Ya era noche cerrada y el doctor, como siempre lo hacía; luego de revisar unos papeles y dejar preparada la jornada del otro día, colgó su delantal en el perchero del hall de recepción, cuando de pronto; todo se iluminó, era una luz blanca y fuerte que venía de afuera, pensó que sería algún automóvil que en forma temeraria se había subido a su jardín pero enseguida desechó esa posibilidad. Se arrimó al ventanal y no pudo dar crédito a lo que veía, la luz que ocupaba todo el jardín ocultaba la vista hacia la calle. En esa luminosidad, se podía apreciar el contorno borroso de un platillo volador, de esa manera se denominaba a esas naves desconocidas. El doctor ya no tuvo dudas de que se trataba de un ovni. Transcurrió un minuto del impacto que le generó esa visión cuando comprobó que estaba paralizado, que no podía mover sus brazos y manos, luego de un momento que no pudo mensurar, volvió a tener movimientos en sus extremidades, atinó a llamar  a su mujer que estaba en el interior de la casa pero justo en ese momento, se abrió una puerta de la nave y dejó ver un agujero negro hacia su interior, luego de unos segundos eternos, bajó un ser alto de color gris,  tenía una cabeza ovoide y unos ojos de similar forma sin nariz, se movía con pasos acompasados y lentos, empezó a caminar hacia la puerta del consultorio. Atrún atinó a salir corriendo pero le ganó la curiosidad: ¿Quiénes son estos seres? ¿De dónde vienen? ¿Qué quieren de nosotros?

Me tocó a mí enfrentar este fenómeno que tanto leí en las revistas de divulgación científica y estaré a la altura de las circunstancias - pensó. Abrió la puerta de entrada decidido a enfrentar lo que fuere. El marciano, así también se lo nombraba en los años setenta por creer que venían de Marte, caminó lentamente hasta quedar a unos seis metros del doctor. Se observaron mutuamente en silencio durante unos segundos y luego, el visitante levantó su mano derecha  abierta en la cual se contaban tres dedos de distinto tamaño, el doctor hizo lo propio y esa fue la primera comunicación por aquello de que el que llega a un lugar siempre saluda primero. Atrún ya despojado del miedo primario que la situación le generó los primeros instantes, se animó a hacer otro gesto, levantó nuevamente la mano derecha recogiendo el anular y el meñique sobre la palma, en el lenguaje de señas eso significa: Hola.

El visitante le respondió de igual manera pero, por faltante de elementos, solo recogió un dedo sobre su palma. Al doctor se le amontonaron las preguntas en la cabeza pero respiró hondo y decidió hacer la que más le preocupaba: ¿A que vienen?, el ente respondió en lenguaje de señas que venían en son de paz y que querían interactuar con los humanos. El doctor quedó conmovido por la respuesta y pensó: ¿Cómo aprendió el lenguaje de señas? ¿O lo sabía con antelación? - luego le preguntó ¿De dónde vienen?  El humanoide contestó: Dese muy lejos, luego levantó su mano derecha con la palma abierta y dio media vuelta para dirigirse a la nave. La comunicación había terminado.

Atrún se quedó con las ganas de preguntarle muchas cosas pero pensó resignado que lo que él quería saber lo supo y que no fue posible extender la charla. Se quedó mirando como la nave se elevaba sobre su jardín, la luz cesó paulatinamente y le costó volver a acostumbrarse a la luz tenue de su calle; pudo ver la imagen que siempre veía desde su consultorio, la tranquilidad de su barrio que fue el motivo por el cual decidió instalarse en esta pequeña localidad del estado de Michigan hace muchos años. Al parecer, nadie había compartido con él la experiencia que se extendió por escasos minutos.

Se tomó un momento para asimilar lo que le había pasado y luego, pensó como se lo comunicaría a su esposa que estaba preparando la cena en la parte trasera de la casa. Le aterró la idea de que no le iba a creer ¿Ella habrá percibido algo de lo que pasó? Luego de contarle con dificultad los hechos, ella le respondería: son tus divagues sobre el tema. Esta vez llegaste muy lejos con el relato, como si negar el hecho la protegería a ella y a la familia de cualquier amenaza externa que pondría en peligro la vida armónica que estaban llevando, sobre todo, luego de que los dos hijos se independizaran. Estamos para mimar a los nietos y no para embarcarnos en teorías conspirativas – luego su mujer concluiría con la pregunta: ¿cenamos?

Esto es lo que mi memoria rescata de lo que mi padre nos contaba de una noticia que había leído posiblemente en la revista Así. El caso nos conmovió tanto y nos resultó tan llamativo el nombre del doctor, que en aquellos días adoptamos un perro que llegó a casa para compartir nuestras vidas y lo bautizamos “Atrún”. El perro nos acompañó muchos años y al nombrarlo recordábamos ese caso que nos quedó en el imaginario del misterio, de las cosas no resueltas, de la imaginación y de la idea tranquilizadora de que hay gente que viene de lejos y nos protege como humanidad y no nos va a dejar caer en los excesos a los que somos proclives, algo así como ángeles de la guarda que un día, no se sabe cuándo,  llegarán para decirnos que vienen en son de paz y que se quedarán a compartir esta tierra abundante en recursos.

¿O acaso el doctor John W. Atrún era un ser de otro planeta que se encontraba hace muchos años mimetizado con los humanos? Y entonces mi memoria desechó esto de plano porque me producía más inquietud, no lo sé.

Muchos años después, una tarde de verano recordé el caso y decidí escribir con la pretensión de develar el enigma, o al menos intentarlo, busqué la historia en internet y no pude encontrar nada del caso del doctor Atrún, ¿Será que mi padre inventaba las historias?  Si así fuera, le agradezco que haya prendido una llamita que vibra en simpatía con la gran llama de la creación.

Mientras tanto, miro con curiosidad todo cuerpo luminoso que se mueve en el espacio de forma no convencional.

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