sábado, 19 de abril de 2025

 


Borges en la radio




 

Hasta la hora del ocaso amarillo (…).

“El oro de los tigres”, Jorge Luis Borges

 

            La siesta en los pueblos suele ser reglamentaria; no porque haya que dormirla, sino porque todo se para. La actividad hace una pausa, las oficinas cierran, los comercios cierran y hasta los pájaros merman su piar.

            En el año 1979 ya había terminado el secundario, y la aplicación más lógica de mi flamante título de perito mercantil la encontré en un trabajo de repartidor de cigarrillos y golosinas. En esa empresa ya estaba mi hermano mayor, razón por la cual conseguí el puesto. Luego del vértigo inicial de manejar una camioneta furgón —era la primera vez que lo hacía—, encontré la manera de sobrellevar la rutina laboral. Las mañanas eran el momento de mayor actividad, y la siesta demarcaba las horas más tranquilas de la tarde.

            El límite se daba sobre la una de la tarde. Los propietarios de los comercios que visitaba sobre esa hora denotaban la ansiedad del inminente almuerzo; ya “picaba el bagre”, como decíamos. Pasado ese momento del día en que se troca el saludo de buen día a buenas tardes, enfilaba para mi casa con la satisfacción de haber transitado el período de mayor esfuerzo del día. Entraba en casa y el aroma le agregaba certeza a la imaginación: el almuerzo podía ser lengua a la vinagreta, milanesas con puré, colchón de arvejas o fideos con estofado. Todas recetas que mi madre cocinaba y cuyos olores conocía de sobra. El mueble parlante —como le decía internamente a la radio— estaba encendido desde la mañana en la cocina-comedor. Los programas se sucedían con sus diferentes tonos, a la mañana altivos y por la tarde más pausados.

            En el mes de agosto de 1979, Antonio Carrizo entrevistó a Jorge Luis Borges en los estudios de Radio Rivadavia; fueron diez encuentros en los que desmenuzaron palabra por palabra la obra del escritor. Recuerdo, en particular, algo que dijo Borges: a él le apasionaban los letreros de los carros de la Buenos Aires antigua, pero se lamentaba no poder ver los de los camiones por su ceguera. En la modorra de la sobremesa y antes de que la siesta se ejecutase en la cama como debe ser, esas dos personas hablaban en la radio con el tiempo a su favor. Para el escritor, el tiempo y la eternidad eran sus obsesiones. Carrizo, cuyo lenguaje campechano nos resultaba familiar —a diferencia del erudito de su entrevistado—, conversaba sin poder disimular su admiración. Las charlas transcurrían en segmentos de veinte minutos sin interrupciones comerciales. Las dos voces contrastaban: la voz de Carrizo era firme y denotaba seguridad, la de Borges dudaba y le indicaba al entrevistador que omitiera la lectura de tal o cual poema porque no era bueno. Me daba la sensación de una falsa modestia.

            El tiempo pasaba lentamente y la arena fina se deslizaba desde el espacio de arriba hacia el de abajo a través de un agujero chiquito: No se detiene nunca la caída /  Yo me desangro, no el cristal. El rito / de decantar la arena es infinito / y con la arena se nos va la vida.

            “La vida y el canto” se llamaba el programa del villeguense que me acompañaba en las sobremesas de una etapa en la que había conciliado las dos actividades que aparecían como contradictorias: trabajar o estudiar. Había cumplido con la cronología de estudiar y luego trabajar; me sentía contento, realizado.

            Durante el mes del año en que el viento inquieto preanuncia un cambio de estación y durante sendas jornadas de charla amable, Borges asentía las afirmaciones de su interlocutor o, a lo sumo, corregía sutilmente algún concepto, respondía las preguntas luego de pensar algunos segundos volcando su cabeza hacia atrás. Lo sé porque años después volví a esas conversaciones, que quedaron grabadas en video. En ese limbo de siestas, escuché que Carriego era amigo del padre de Borges y que lo creía el fundador de la literatura argentina contemporánea; que tenía un abuelo coronel a quien le admiraba su coraje y le dedicó algunos poemas; que un abogado y político encontró su destino latinoamericano el día de su muerte; que había un hombre que recordaba todo. También, escuché el argumento del porqué de la elección de un vocablo por sobre otro para el título de un poema, mítica en lugar de mística. Mítica me parece más acertado, decía Jorge Luis, aunque mística tampoco estaría mal. Escuché hablar de Macedonio Fernández, de Lugones, de Kipling, de Virginia Woolf, de Shakespeare, de Poe, de la importancia de Las mil y una noches, de los dones, de la eternidad, del tiempo, de los malevos, de Palermo, de Adrogué, de Montevideo, de los antiguos arroyos de Buenos Aires, del hombre de la esquina rosada, del rojo escarlata: hasta la hora del ocaso amarillo.

            Y la hora del ocaso amarillo para mí, por suerte, era aquella en la que el sueño bajaba y había que ir del living a la cama para efectivamente dormir la reparadora siesta. Todo queda guardado en la memoria, dice una canción.

            La paradoja del interés para con ese programa era que a mí me había resultado pesado castellano en el colegio: apenas distinguía el sujeto del predicado, no me interesaba la riqueza del idioma. Nunca le presté atención a los adverbios, ni a los adjetivos y sus usos discrecionales. Un día, muchos años después, escuché esas grabaciones que por prodigio de la tecnología están al alcance de la mano, a sólo un click; escuché cada palabra como si fuera única, la elegida para definir tal o cual situación. Ahora, con el interés de un incipiente escritor.

            Según lo que leí sobre esas grabaciones, cuando las realizaron, los trabajadores de la radio permanecieron en absoluto silencio durante aquellas jornadas. Lo afirma Alejandro Dolina, que en ese momento era empleado creativo de la emisora. Él reflexionaría años más tarde que Carrizo detenta el record de entrevistar más veces a Borges; de hecho, el propio Carrizo auguraba que entraría en la inmortalidad de la mano de Borges y las entrevistas.

            A trecientos cuarenta kilómetros de distancia con el estudio de la radio —como quien va para Villegas, como diría Carrizo—, las voces que charlaban sobre conceptos que no podía entender, pero que me inquietaban, se instalaban en mi inconsciente justo antes de dormir la esperada siesta de un flamante trabajador. Todavía —en particular después de almorzar, cuando me acuesto y cierro los ojos—, las escucho.

 

miércoles, 29 de enero de 2025


 

Ovni

 

Ovni: a este acrónimo lo escuché por primera vez en boca de mi padre, a él le interesaba el tema y leía todo lo que aparecía sobre el asunto. Por entonces, la década de los setenta,  era poca la información que llegaba a través de los diarios o la radio.

Cuando mi padre hablaba de los ovnis se le iluminaba la cara, yo paraba las orejas, vienen de otro planeta y tienen una tecnología muy superior a la nuestra, creo haber escuchado que decía. Yo no entendía como podría haber civilizaciones fuera de nuestro planeta, ya me había preguntado por la idea del infinito y por supuesto cada vez que me lo preguntaba desistía porque no encontraba respuestas; esto sigue pasando aún hoy.

Cada tanto aparecía una nueva noticia, un nuevo avistaje en algún pueblo o laguna del país o del extranjero. Todos los relatos coincidían: se ve una luz muy fuerte, se neutraliza la electricidad de un automóvil que se encuentre cerca del fenómeno y los animales se espantan. Algunos testigos aseguraban haber visto figuras humanoides pero estos eran los menos. Lo de las lagunas era porque se creía que las naves se abastecían de agua y bajaban preferentemente de noche a los espejos de agua. Las personas que decían haber visto a los seres, cuentan que se quedaron paralizadas por algunos minutos.

Los relatos que más me impresionaban eran aquellos que sostenían que algunos extraterrestres vivían entre nosotros, que habían adoptado una apariencia humana y se adaptaron a nuestra sociedad desempeñando tareas de un humano. En ese sentido, creo haber escuchado la historia del doctor Atrún y digo creo porque la memoria aquí me juega una mala pasada, no recuerdo si el doctor era de otro planeta o bien, tuvo un encuentro cercano con un extraterrestre y estableció un contacto a través de la gestualidad. El doctor era pediatra y tenía como paciente a un niño sordo mudo, había aprendido el lenguaje de señas, por lo tanto, no le resultó difícil establecer comunicación de esa manera, como verán; me inclino a pensar en la segunda de las opciones: resulta menos creíble que un extraterrestre se haya camuflado entre los humanos.

El doctor Atrún era un médico sexagenario, de contextura fuerte, alto y canoso, tenía un trato afable con los pacientes y a los niños que se atendían con él, los hacía sentir confiados aún en las intervenciones que implicaban cierto riesgo, las gafas con marco metálico le inferían un aspecto de seriedad y aplomo. El jueves 14 de marzo de 1974 a la tardecita se encontraba en su consultorio ubicado en la localidad de Rochester Hill – Michigan. Eran las 18 horas y se disponía a cerrar. El consultorio estaba en la parte delantera de su casa y ocupaba todo el frente de la misma, un hall de entrada, un consultorio y una sala habilitada para pequeñas intervenciones quirúrgicas.

 La casa era sólida con ladrillos a la vista y techo de pizarra, contaba con una sobria entrada, una puerta de roble con un aro metálico en el medio. Se accedía por un camino desde el confín de la vereda que culminaba con dos escalones de cemento, a los costados de la entrada, dos grandes macetones con jazmín de invierno y sendas rosas de navidad en macetas de colores vivos, este detalle contrastaba con la sobriedad del resto de la casa en la cual predominaban los tonos grises y el color ladrillo de las paredes, un sillón de hierro forjado en la galería y un cartel que decía: Welcome bordeado por la imágenes de flores autóctonas en el jardín.

Ya era noche cerrada y el doctor, como siempre lo hacía; luego de revisar unos papeles y dejar preparada la jornada del otro día, colgó su delantal en el perchero del hall de recepción, cuando de pronto; todo se iluminó, era una luz blanca y fuerte que venía de afuera, pensó que sería algún automóvil que en forma temeraria se había subido a su jardín pero enseguida desechó esa posibilidad. Se arrimó al ventanal y no pudo dar crédito a lo que veía, la luz que ocupaba todo el jardín ocultaba la vista hacia la calle. En esa luminosidad, se podía apreciar el contorno borroso de un platillo volador, de esa manera se denominaba a esas naves desconocidas. El doctor ya no tuvo dudas de que se trataba de un ovni. Transcurrió un minuto del impacto que le generó esa visión cuando comprobó que estaba paralizado, que no podía mover sus brazos y manos, luego de un momento que no pudo mensurar, volvió a tener movimientos en sus extremidades, atinó a llamar  a su mujer que estaba en el interior de la casa pero justo en ese momento, se abrió una puerta de la nave y dejó ver un agujero negro hacia su interior, luego de unos segundos eternos, bajó un ser alto de color gris,  tenía una cabeza ovoide y unos ojos de similar forma sin nariz, se movía con pasos acompasados y lentos, empezó a caminar hacia la puerta del consultorio. Atrún atinó a salir corriendo pero le ganó la curiosidad: ¿Quiénes son estos seres? ¿De dónde vienen? ¿Qué quieren de nosotros?

Me tocó a mí enfrentar este fenómeno que tanto leí en las revistas de divulgación científica y estaré a la altura de las circunstancias - pensó. Abrió la puerta de entrada decidido a enfrentar lo que fuere. El marciano, así también se lo nombraba en los años setenta por creer que venían de Marte, caminó lentamente hasta quedar a unos seis metros del doctor. Se observaron mutuamente en silencio durante unos segundos y luego, el visitante levantó su mano derecha  abierta en la cual se contaban tres dedos de distinto tamaño, el doctor hizo lo propio y esa fue la primera comunicación por aquello de que el que llega a un lugar siempre saluda primero. Atrún ya despojado del miedo primario que la situación le generó los primeros instantes, se animó a hacer otro gesto, levantó nuevamente la mano derecha recogiendo el anular y el meñique sobre la palma, en el lenguaje de señas eso significa: Hola.

El visitante le respondió de igual manera pero, por faltante de elementos, solo recogió un dedo sobre su palma. Al doctor se le amontonaron las preguntas en la cabeza pero respiró hondo y decidió hacer la que más le preocupaba: ¿A que vienen?, el ente respondió en lenguaje de señas que venían en son de paz y que querían interactuar con los humanos. El doctor quedó conmovido por la respuesta y pensó: ¿Cómo aprendió el lenguaje de señas? ¿O lo sabía con antelación? - luego le preguntó ¿De dónde vienen?  El humanoide contestó: Dese muy lejos, luego levantó su mano derecha con la palma abierta y dio media vuelta para dirigirse a la nave. La comunicación había terminado.

Atrún se quedó con las ganas de preguntarle muchas cosas pero pensó resignado que lo que él quería saber lo supo y que no fue posible extender la charla. Se quedó mirando como la nave se elevaba sobre su jardín, la luz cesó paulatinamente y le costó volver a acostumbrarse a la luz tenue de su calle; pudo ver la imagen que siempre veía desde su consultorio, la tranquilidad de su barrio que fue el motivo por el cual decidió instalarse en esta pequeña localidad del estado de Michigan hace muchos años. Al parecer, nadie había compartido con él la experiencia que se extendió por escasos minutos.

Se tomó un momento para asimilar lo que le había pasado y luego, pensó como se lo comunicaría a su esposa que estaba preparando la cena en la parte trasera de la casa. Le aterró la idea de que no le iba a creer ¿Ella habrá percibido algo de lo que pasó? Luego de contarle con dificultad los hechos, ella le respondería: son tus divagues sobre el tema. Esta vez llegaste muy lejos con el relato, como si negar el hecho la protegería a ella y a la familia de cualquier amenaza externa que pondría en peligro la vida armónica que estaban llevando, sobre todo, luego de que los dos hijos se independizaran. Estamos para mimar a los nietos y no para embarcarnos en teorías conspirativas – luego su mujer concluiría con la pregunta: ¿cenamos?

Esto es lo que mi memoria rescata de lo que mi padre nos contaba de una noticia que había leído posiblemente en la revista Así. El caso nos conmovió tanto y nos resultó tan llamativo el nombre del doctor, que en aquellos días adoptamos un perro que llegó a casa para compartir nuestras vidas y lo bautizamos “Atrún”. El perro nos acompañó muchos años y al nombrarlo recordábamos ese caso que nos quedó en el imaginario del misterio, de las cosas no resueltas, de la imaginación y de la idea tranquilizadora de que hay gente que viene de lejos y nos protege como humanidad y no nos va a dejar caer en los excesos a los que somos proclives, algo así como ángeles de la guarda que un día, no se sabe cuándo,  llegarán para decirnos que vienen en son de paz y que se quedarán a compartir esta tierra abundante en recursos.

¿O acaso el doctor John W. Atrún era un ser de otro planeta que se encontraba hace muchos años mimetizado con los humanos? Y entonces mi memoria desechó esto de plano porque me producía más inquietud, no lo sé.

Muchos años después, una tarde de verano recordé el caso y decidí escribir con la pretensión de develar el enigma, o al menos intentarlo, busqué la historia en internet y no pude encontrar nada del caso del doctor Atrún, ¿Será que mi padre inventaba las historias?  Si así fuera, le agradezco que haya prendido una llamita que vibra en simpatía con la gran llama de la creación.

Mientras tanto, miro con curiosidad todo cuerpo luminoso que se mueve en el espacio de forma no convencional.